¿Hay esperanza para un cambio real en la Iglesia?

Por duro que sea de reconocer, parece inevitable que aquellos de los que más esperamos a veces nos fallan. Nuestros referentes son imperfectos y también lo somos nosotros. Tendemos a proteger nuestros propios interes, a cerrar los ojos y oídos ante el sufrimiento. Fracasamos al actuar, somos lentos a la hora de asumir responsabilidades y erradicar el mal.

El Centre for Child Protection ha estado atento a las complejas noticias de estos días. El pasado verano, el tema de la conferencia anual de países anglófonos sobre protección se centró en la esperanza: ¿hay esperanza para las víctimas? ¿y para los abusadores? Las desafortunadas palabras del papa Francisco en su reciente viaje a Chile, que aquellos que han sufrido abusos sintieron como una ‘bofetada’, pueden llevar a plantear otra pregunta: ¿hay esperanza para un cambio real en la Iglesia? El papa Francisco se ha disculpado por haber dicho que las víctimas presentaran  ‘prueba’ de encubrimiento por parte del obispo Juan Barros, y ha admitido que esto había provocado un mayor dolor a las personas que han sufrido abusos sexuales. Aunque el papa sigue manteniendo la inocencia de Barros y que ninguna víctima ha presentado evidencias de la culpabilidad del obispo chileno, ha expresado estar arrepentido por las palabras que usó y ha pedido perdón por infligir una “herida sin quererlo”. Ha reconocido haber fallado a las expectativas de los supervivientes de abuso.

Echando un vistazo a las varias decepciones de las que somos testigos en la Iglesia —palabras hirientes, decisiones erróneas, nombramientos cerrados, intentos obstaculizados, políticas inadecuadas y modelos de formación obsoletos— podemos llegar a desesperarnos, a pensar que como Iglesia no llegamos a entenderlo. ¿Cómo podemos seguir adelante ante noticias desalentadoras? ¿Cómo podemos trabajar por un cambio institucional? Son preguntas legítimas, pero que nos pueden llevar a la depresión y a la desolación espiritual, en palabras de San Ignacio de Loyola. Sus reglas de discernimiento nos recuerdan que mientras vivamos nos enfrentaremos a estas dificultades,pero que debemos seguir renovando nuestros esfuerzos.

Fallar, por lo tanto, nos brinda también la oportunidad de reconsiderar en qué punto estamos, reorientar nuestra energía y comprometernos de nuevo con nuestros objetivos. Tengamos presentes nuestros fallos y no perdamos la esperanza de hacerlo mejor en el futuro. La alternativa sería abandonar y rendirse.

Ya sabemos que la transformación es un camino largo y difícil, y que un cambio de cultura en la institución más grande y antigua de este mundo, la Iglesia católica, llevará mucho tiempo, quizás más de una generación. Los fallos en el camino son inevitables, pero debemos tomarlos como incentivo para centrar más nuestros esfuerzos  y que sean más consistentes, confiando en ellos y confiándonos al Señor.